cuando el vacío pesa más que la silla: el arte de sobrevivir a la despedida de un compañero
es curioso cómo el vacío de alguien que se larga de un trabajo puede sentirse más pesado que su presencia cuando estaba ahí, como si de repente el aire se llenara con la ausencia, densa y pegajosa, que nadie sabe cómo barrer. hay quienes se van sin ruido, como un borrón que se seca solo; otros, en cambio, se largan dejando un eco insoportable, un grito mudo que resuena en las mesas vacías y en los pasillos que apestan a café quemado y aire acondicionado. pero *ay*, cuando el que se va era el que siempre traía galletas, o el que sabía cómo hacer funcionar esa máquina de impresiones endemoniada, entonces el hueco es más grande que el gran cañón. no sé por qué siempre pensamos que somos reemplazables. como si las empresas fueran pozos sin fondo que tragan almas y escupen robots nuevos cada martes. pero luego alguien se va, y te das cuenta de que no, que esa persona era una parte de la maquinaria que hacía girar todo, y ahora el engranaje rechina porque nadie más sabe cuál es el truco...