cuando el vacío pesa más que la silla: el arte de sobrevivir a la despedida de un compañero

 es curioso cómo el vacío de alguien que se larga de un trabajo puede sentirse más pesado que su presencia cuando estaba ahí, como si de repente el aire se llenara con la ausencia, densa y pegajosa, que nadie sabe cómo barrer. hay quienes se van sin ruido, como un borrón que se seca solo; otros, en cambio, se largan dejando un eco insoportable, un grito mudo que resuena en las mesas vacías y en los pasillos que apestan a café quemado y aire acondicionado. pero *ay*, cuando el que se va era el que siempre traía galletas, o el que sabía cómo hacer funcionar esa máquina de impresiones endemoniada, entonces el hueco es más grande que el gran cañón.


no sé por qué siempre pensamos que somos reemplazables. como si las empresas fueran pozos sin fondo que tragan almas y escupen robots nuevos cada martes. pero luego alguien se va, y te das cuenta de que no, que esa persona era una parte de la maquinaria que hacía girar todo, y ahora el engranaje rechina porque nadie más sabe cuál es el truco para que el jefe no se dé cuenta de que llegaste tarde o cómo hacer que el cliente insoportable se calme sin un colapso emocional colectivo.


y no me vengas con que es nostalgia, no. es pura logística emocional y profesional. porque claro, ahora tú tienes que aprender a usar ese excel que parece salido de la nasa, mientras alguien murmura en voz baja que "él siempre lo hacía tan rápido". la audacia de los que se van: cargar con su talento, sus chistes malos, y encima su taza preferida, dejando la tuya como una metáfora del abandono en la alacena.


además, la despedida es un teatro raro y retorcido. todo el mundo sonriendo con la mandíbula tensa, como si no doliera que el equipo esté un poco más roto. "te deseamos lo mejor", dicen. pero no, no queremos que te vaya bien, queremos que te quedes, que sigas sufriendo con nosotros el lunes de reportes y las reuniones inútiles que podrían haber sido un email. queremos verte mascullar palabrotas cuando la impresora se traga otro cartucho y compartir contigo ese eterno limbo entre el hartazgo y la resignación.


y la peor parte del vacío no es que se vayan, sino que la oficina sigue igual. como si el universo no entendiera la pérdida. el reloj sigue marcando las mismas horas imposibles, los correos siguen llegando, y la silla vacía eventualmente será ocupada por alguien más. pero nunca será igual. y ahí es donde está el verdadero golpe: te das cuenta de que la vida laboral es como un río, siempre fluyendo, llevándose a unos, trayendo a otros, pero dejando atrás ese sentimiento de que nada ni nadie es permanente. y tal vez esa es la lección: apegarse a la gente, no a las sillas, y aprender que el vacío también puede llenarse con nuevos recuerdos. o con donuts de chocolate.

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