quien teme a la sal, teme a la vida. Ven, degústame...

hay quienes buscan la dulzura como si la vida fuese un postre interminable, pero yo prefiero el mordisco contundente de la mojama de atún, esa joya que lleva el océano destilado en láminas que acarician como el terciopelo y rasgan como el papel más fino. las anchoas en salazón, pequeñas pero despiadadas, son mis musas; cada bocado es un golpe de realidad que despierta hasta los rincones más dormidos de la conciencia, inspirándome a desenterrar verdades que otros esconden entre líneas.

el bacalao en salazón, en cambio, es un confidente. su salinidad robusta dialoga con mis noches de reflexión, un eco de mis pensamientos más oscuros, esos que giran en espiral como una tormenta en alta mar. cada hueva de mújol, cada sardina salada, es un viaje sin brújula al corazón de mis emociones: un coqueteo descarado con lo que está al borde, lo que no se dice, lo que casi duele.

en este espacio que llamo salitre de rosas, cada grano de sal tiene un papel protagónico. es ritmo y melodía, exceso y equilibrio. la sal no solo preserva; también desgasta. y mi escritura, tan influida por esta obsesión culinaria, no podría ser de otra manera: una mezcla de lo dulce y lo amargo, lo suave y lo mordaz. como la sal que conserva el alma de lo perecedero mientras araña lo que toca, mis palabras buscan ese mismo efecto: dejar una marca que no se borre.

te invito a sumergirte en este océano salado, a dejarte arrastrar por la marea que impregna cada relato, cada reflexión. porque en salitre de rosas, la vida no se endulza: se saborea con intensidad, sin medias tintas, sin miedo al exceso.

quien teme a la sal, teme a la vida misma. ven, probemos juntos este festín de sabores y palabras que desafía al paladar y a la mente.

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